martes, 1 de abril de 2025

Tuerto, maldito y enamorado, Rosa Huertas

 Los contenidos que vemos en tercero de la ESO son los más importantes de nuestra Literatura ¡El Siglo de Oro español! Es este periodo se unieron los más hábiles y genios en el uso de las letras. Los astros hicieron de las suyas y autores como Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo coincidieron en tiempo e incluso espacio. Y eso, los autores de literatura juvenil lo saben y nos proporcionan obras tan interesantes como Tuerto, maldito y enamorado.

En esta obra, dos adolescentes que lidian en su día día con los problemas cotidianos propios de la edad, se ven envueltos en una misteriosa trama en la que Lope se descubre como uno de los personjes protagonistas. De este modo, Elisa y Ricardo deciden llegar hasta el final de los extraños sucesos que están ocurriendo en la biblioteca de la escuela en torno al editor de Lope de Vega.

El uso de estas obras en clase es fundamental para que los laumnos fijen en su memoria nombres de autores clásicos que no han escuchado antes y que algunos no volverán a escuchar si su entorno no se mueve entre libros, obras de teatro, corrales de comedia y representaciones. Y si se hace de manera ta ndidáctica y entretenida como lo hace Rosa Huertas mucho mejor. Si antes no han oído hablar de Lope de Vega, combinar la lectura de esta obra con las sesiones en las que se ven los rasgos y características de sus obras lleva a que se llegue al autor desde dos caminos y con ello conseguir que se fije en su memoria esta figura y no sea estraña para ellos.

La historia engancha desde el principio, desde que Elisa tiene que investigar para su hermana Carmen sobre este autor y coincide en la bilioteca con un espectro al que decide ayudar para que pueda descansar. Los sucesos que se van dando estñan muy bien hilados y el final de la historia no nos deja indiferente. 

Brígida Huete

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee

 


Este mes de abril hablamos de una novela que ha cumplido más de seis décadas desde la fecha de su publicación. Sin embargo, en los tiempos que atravesamos, su lectura se vuelve primordial. Todavía hoy se habla de racismo, como ninguneando los avances que se han intentado hacer las últimas décadas para paliar esta lacra. El racismo es un fenómeno que ha acompañado siempre el discurrir de la humanidad, aunque en los dos últimos siglos ha adquirido proporciones de escándalo: la esclavitud de la raza negra, el intento de genocidio a los armenios, el holocausto a los judíos, los hechos de Ruanda y un largo etcétera.

Nelle Harper Lee (1926-2016) fue testigo de excepción, en su Alabama natal, de la discriminación y segregación que sufrían los negros en el sur de Estados Unidos. Su novela “Matar a un ruiseñor” se volvió todo un manifiesto de humanidad. Fue galardonada con el premio Pulitzer en 1961, y, a pesar de la carrera promisoria que se abría ante la autora en el mundo de la literatura, no publicó nada más en vida (si se exceptúa “Ven y pon un centinela”, precuela de “Matar a un ruiseñor”, en 2015, casi a las puertas de su muerte).

La novela es todo un canto a la vida, a la amistad, al amor fraterno en definitiva. Scout, Jem, Dill, la pandilla perfecta de amigos para los veranos. Atticus, el abogado idealista, el viudo que atesora en su alma todo un pozo de sabiduría. Y Boo Radley, el héroe anónimo, el insociable que es capaz de amar de lejos a unos niños, dando un mentís a quienes lo consideraban poco menos que una fiera enjaulada. La historia habla de amor y de la injusticia que se sufría por tener el color de piel diferente.

Recuerdo que este libro fue uno de los últimos regalos que me hizo mi hermana antes de morir. Como tenía un apreciable número de páginas, esperé al verano para leerlo. Lo leí teniendo yo la juventud de los protagonistas y la tristeza de haber perdido a mi hermana. Recuerdo que en muchos pasajes de la novela se me enrasaban los ojos en lágrimas. Para mí esa lectura era la vida verdadera, en contraste con la tristeza que se vivía en mi casa. El libro me enseñó la magia de la vida, la urdimbre de alegrías y tristezas a que se ha de enfrentar todo ser humano. Aprendí sobre todo, y lo agradezco sinceramente, a no despreciar a nadie por su condición de raza y religión. Todos los seres humanos tenemos una herencia común, y Cristo nos la mostró. Harper Lee lo sabía bien, y supo reflejarlo de un modo admirable en su novela.

Ya dije en una ocasión que no suele ser habitual hacer de una buena novela una buena película. Pues en este caso nos encontramos con otra excepción a la regla. Robert Mulligan (1925-2008) supo llevar con acierto al celuloide la historia contada por Harper Lee. La película ganó tres Oscar en 1962, de los ocho a los que fue nominada. Gregory Peck (1916-2003) nos regaló la mejor interpretación de su carrera, en el papel de Atticus Finch. El blanco y negro aporta una atmósfera especial a la película, aderezada con la magistral banda sonora de Elmer Bernstein (1922-2004).

Tendría que mencionar muchas escenas de la película, pero me quedaré con los momentos de complicidad de Scout (alter ego de la propia Harper Lee) y Boo Radley, ya casi al final de la película. Ambos papeles fueron interpretados por Mary Badham (1952) y Robert Duvall (1931), respectivamente.

Vi la película en 1983, antes de leer la novela tres años más tarde, y la huella que me dejó fue imborrable.

Los libros y el cine nos pueden ayudar a mejorar como personas, y he aquí la deuda que tengo contraída con la historia que salió de la mente de Harper Lee, toda una mujer adelantada a su tiempo.

 

 

Julián Maestre (profesor de Física y Química en el IES Guadiana). 


lunes, 31 de marzo de 2025

Guerra y Paz: Del papel a la pantalla

Hace ya muchos años, mi abuelo solía hablarme de lo que él llamaba la "Madre Rusia". Mi abuelo, que combatió en las montañas del Cáucaso, que luchó durante gran parte de su vida y que tuvo un perro llamado Trotski por afinidad con los dirigentes de aquel país. Mi otro abuelo, en cambio, estaba en el bando contrario, y en casa nunca faltaron animados debates que, a veces, había que cortar a tiempo para que no fueran a más.

Años después, comencé a interesarme por la literatura de ese remoto país y desarrollé una gran afición por Dostoievski, Gorki y, sobre todo, por mi favorito: León Tolstói. Mi husky siberiano, al que más he querido en toda mi vida, se llamó así. Y los siguientes huskies que tuve recibieron el nombre de algún personaje de las obras de este autor.

Este curso, charlando con mi compañero Julián sobre el grupo de trabajo de lectura, no sé muy bien cómo terminé metido en el reto de recrear alguna de las obras de estos grandes literatos rusos y explorar cómo han sido llevadas a la pantalla. He llegado justo a tiempo, perdiendo horas de sueño, pero aquí está mi reseña.

Guerra y Paz, de León Tolstói, es una de las grandes cumbres de la literatura universal. Publicada en 1869, esta colosal novela no solo retrata la invasión napoleónica de Rusia, sino que también plantea profundas reflexiones sobre la historia, el destino y la condición humana. Con cientos de personajes y una estructura ambiciosa, Tolstói entrelaza los acontecimientos históricos con la vida cotidiana de varias familias aristocráticas, logrando una visión compleja y conmovedora de una época convulsa.

A lo largo de sus más de mil páginas, la obra da vida a figuras inolvidables como Pierre Bezukhov, el príncipe Andréi Bolkonsky y Natasha Rostova, cuyas vidas nos sumergen en un mundo de emociones, dilemas filosóficos y transformación personal. No se trata solo de una novela bélica o romántica, sino de un análisis profundo del ser humano.

En 1956, Hollywood se atrevió a adaptar esta obra monumental bajo la dirección de King Vidor. Con un reparto encabezado por Audrey Hepburn, Henry Fonda y Mel Ferrer, la película intentó condensar la complejidad de Tolstói en apenas 208 minutos. El resultado fue una versión visualmente impactante, rodada en Italia, que puso el foco en el componente romántico y dramático, dejando de lado parte de la densidad filosófica del texto original.

Audrey Hepburn ofrece una interpretación encantadora como Natasha, aunque la evolución del personaje se presenta de forma algo suavizada respecto a la novela. Henry Fonda, pese a su calidad interpretativa, no termina de capturar el conflicto interior de Pierre, un personaje mucho más introspectivo en el libro.

Uno de los grandes aciertos de la adaptación es su puesta en escena: las batallas, el vestuario y los escenarios recrean de forma fastuosa la Rusia del siglo XIX. Sin embargo, frente a la versión soviética de Serguéi Bondarchuk (1966-1967), más fiel y extensa, la película de Vidor resulta más ligera y melodramática, con un enfoque claramente hollywoodiense.

Aun así, para quienes se inician en el universo tolstoiano o desean una primera aproximación a Guerra y Paz, esta adaptación es una opción interesante. Ofrece una lectura visual atractiva de la historia, aunque simplificada.

En mi caso, esta novela no es solo una lectura, sino parte de mi historia. Desde los relatos de mis abuelos hasta los nombres de mis perros, Rusia y Tolstói me han acompañado desde niño. Ver una obra como esta en pantalla no sustituye la experiencia de leerla, pero sí la complementa. Porque, al final, Guerra y Paz no es solo una historia sobre el pasado. Es una pregunta constante sobre quiénes somos, hacia dónde vamos… y por qué.

José Carlos Puertas
Aprendiz de nómada




viernes, 7 de marzo de 2025

Invisible, Eloy Moreno

 



Invisible de Eloy Moreno es una novela que aborda temas como la invisibilidad social, la soledad y la lucha interna de quienes sienten que no encajan en las expectativas del entorno. El protagonista, un joven que sufre de ansiedad y depresión, se enfrenta a la presión de las normas sociales, las expectativas familiares y la necesidad de cumplir con los estándares de éxito. A lo largo de la obra, se exploran sus emociones y su conflicto con la sensación de no ser visto ni comprendido, lo que lo lleva a un proceso de autodescubrimiento.

La historia también resalta las dificultades de los adolescentes al navegar por su identidad en un mundo donde la apariencia y el rendimiento suelen ser los factores más valorados, generando una desconexión emocional con el resto de la sociedad.

En cuanto a su relación con la serie de Netflix Invisible, esta es una adaptación que lleva la esencia de la novela a la pantalla, pero con algunas diferencias en el enfoque. La serie mantiene el tema central de la invisibilidad social, pero adapta la narrativa para explorar más a fondo las complejidades emocionales de los personajes, particularmente en el contexto juvenil y contemporáneo. La adaptación profundiza en cómo los jóvenes se enfrentan a las presiones del mundo moderno, haciendo un paralelo entre la ansiedad, el aislamiento y la búsqueda de sentido que ya se muestra en el libro.

Ambos, el libro y la serie, se complementan en su propósito de dar visibilidad a los problemas emocionales y psicológicos que muchas veces se pasan por alto, invitando a la reflexión sobre el impacto de las expectativas sociales en la salud mental de los individuos.

Gemma García de la Mora Álvarez (Profesora de Lengua y Literatura en el IES Guadiana)


miércoles, 5 de marzo de 2025

Bodas de sangre, Federico García Lorca

 





Una boda. Preparativos, familiares, flores… Un novio ilusionado. Una novia nerviosa. Antiguos dramas familiares que salen a relucir ante la tensión del momento. Todo preparado para el gran momento. Nada puede salir mal. ¿Nada?

Un caballo que galopa. Un ex amor que regresa.

Porque yo quise olvidar y puse un muro de piedra entre tu casa y la mía. […] Pero montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta”

Y, de repente, todo patas arriba. Una huida, remordimientos, ¿arrepentimiento?

Que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra”.

Los instintos más elementales afloran y se olvidan de las apariencias y el deber. Solo están ellos dos y esa pasión incontrolada.

La obra teatral de García Lorca está impregnada de su esencia de principio a fin: símbolos, poesía y, como siempre, el protagonismo indiscutible de la mujer en constante lucha contra el deber y el deseo. “Ay, qué sinrazón!”

No se puede decir más. Hay que leerla.

La novia es la adaptación cinematográfica de la obra teatral, dirigida por Paula Ortiz en 2015. Una extraordinaria película nominada a doce Premios Goya (incluyendo mejor película, mejor director, mejor actor protagonista y mejor actriz protagonista y ganadora de mejor fotografía). Una belleza visual y poética.

Enlace a la película en RTVE: https://www.rtve.es/play/videos/somos-cine/novia/6667686/

El doctor Zhivago, de Boris Pasternak

 


Inaugurar la primavera con una buena lectura se hace primordial. Nos encontramos ante un libro que es la propia vida en su descarnada intensidad, un milagro literario de los que se dan de muy allá para cuando.

Con trece años me sentí cautivado por la sintonía inicial de “Doctor Zhivago”, la película que también quedó, de la mano de David Lean (1908-1991), para la posteridad como un ejemplo de buen cine. Y el guion de Robert Bolt (1924-1995) resultó una más que fidedigna adaptación de la novela de Boris Pasternak (1890-1860).

La primera vez que vi la película, aunque no entendía del todo su trasfondo y riqueza, me sentí marcado. Era consciente de que debía profundizar en la huella que me había dejado. Por eso, en el verano de 1987, me atreví con la lectura de la novela. Aunque seguía sin entender mucho, había una filigrana de sentimientos, unas descripciones de la naturaleza que capturaban la imaginación y acariciaban cuerdas misteriosas en los pensamientos de un adolescente por demás ingenuo. Bebí a sorbos llenos la novela, pero continuaba sediento. En 1991, ya más formado, mejor conocedor de la magnitud del drama soviético y con más bagaje de lecturas en mi haber, volví a leerla, y se me abrieron los cielos del milagro.

Pasternak, poeta impenitente, en su empeño de sublimar la vida en un libro de 700 páginas, se lo jugó todo: su prestigio como poeta, su condición de ciudadano soviético, hasta el honor de aceptar el premio Nobel (que se vio forzado a rechazar). Se convirtió en un paria de la noche a la mañana. Rusia, la tierra que amaba hasta los hígados, la musa de sus sueños poéticos, se le volvía hostil; el régimen político entonces imperante no le ofrecía tregua. Sólo las gentes sencillas, capaces de separar la vida de la política del momento, supieron vislumbrar la verdadera pretensión del autor: reflejar la historia de un hombre que, pese a estar rodeado de felicidad, acabó sus días sumido en la desdicha, simple alegoría de lo que había sucedido con la Madre Rusia. Yuri Zhivago (alter ego del propio Pasternak) se veía en la encrucijada de amar a dos mujeres a un tiempo, con todas las borrascas de conciencia que ello traía aparejadas.

Cuentan que la publicación de la novela en Occidente estuvo orquestada por la CIA, en el marco de la Guerra Fría (1947-1991). Deseaban poner en evidencia los horrores del régimen soviético, y nada mejor que una obra maestra literaria para mover conciencias. Sin duda, esta no era la pretensión del autor, que más bien deseaba poner en palabras la esencia de la vida; pero esto es lo que pareció a los ojos de la multitud de lectores que en un primer momento devoraron la novela.

Yo me quedo con la visión del amor y la vida que Pasternak plasma en cada una de sus páginas. Estoy convencido de que el autor no calibró lo que le podría acarrear la publicación de su testamento literario.

Se suele decir que de una mala novela surge una buena película, y viceversa. Pero en el caso de “Doctor Zhivago” hay que romper el molde por completo: magnífica novela y magnífica película. Una feliz conjunción de circunstancias hizo de esta película todo un monumento al séptimo arte, que en su momento fue premiada con cinco Oscar de la Academia. También, para nosotros, tiene el atractivo de haber sido rodada en España. En varias secuencias se reconocen las cumbres y los bosques de la sierra del Moncayo, queriendo simular los Montes Urales. Además, en el madrileño barrio de Canillas se recreó una amplia calle de Moscú. Las autoridades del franquismo, ya bastante apaciguadas en 1965, permitieron a Carlo Ponti (1912-2007), el productor, que la película se filmase en España, habida cuenta de que en la historia recreada subyacía toda una crítica al régimen soviético. Relatan como anécdota que, una noche, la policía armada irrumpió en los estudios de Canillas, justo en el momento en que, por exigencias del guion, una multitud de extras estaba entonando con palmaria emoción el himno de La Internacional. Había que considerar que muchos de los extras eran gentes que habían sido represaliadas por el régimen, y encontraron en esa escena de la película un modo de resarcirse de todo lo que habían sufrido.

David Lean, el director, consiguió con esta película su canto del cisne. Aunque ya han pasado 60 años, conserva toda su frescura y se perfila de una novedad desconcertante, casi rayana en la perfección. ¿Quién puede olvidar las inspiradas interpretaciones de sus protagonistas: Omar Sharif (1932-2015), Julie Christie(1940-), Geraldine Chaplin (1944-), Rod Steiger (1925-2002), Alec Guiness (1914-2000), Ralph Richardson (1902-1983)…?

Mis favoritas, aparte de las del viaje en tren, son las escenas primaverales en Varykino: el sol, las flores incandescentes, las laderas boscosas, las nubes de gloria. Nunca olvidaré a Yuri Zhivago caminando conmovido por un bosque, viendo cómo el sol de la mañana se agazapaba tras los troncos de los álamos.

Como testimonio de emoción, os dejo los créditos iniciales y una parte de la banda sonora que ha sido utilizada muchas veces en publicidad con propósitos navideños. El compositor de la banda sonora no es otro que Maurice Jarre (1924-1909), padre de Jean-Michel Jarre (1948-), uno de los más famosos representantes de la música electrónica.

  

Julián Maestre (profesor de Física y Química en el IES Guadiana).







miércoles, 26 de febrero de 2025

La chica de nieve, Javier Castillo

 


Kiera Templeton, una niña de tres años, desaparece en la cabalgata de Acción de Gracias. Una explosión de confeti es suficiente para que su padre la pierda de vista un segundo. ¿Así sin más? ¿Nadie ha visto nada? Solo encuentran unos mechones de pelo y la ropa que llevaba puesta. Mucho eco en la prensa pero sin resultados.

Años después, cuando la pequeña hubiera cumplido ocho años, sus padres reciben una cinta de vídeo con un minuto de grabación de la niña jugando y, después, solo ruido blanco en la pantalla, como nieve… Esto solo consigue aumentar el sufrimiento de unos padres desesperados. ¿O es una nueva esperanza de encontrarla al saber que sigue viva?

Miren Triggs, estudiante de periodismo, decide investigar el caso mientras lucha con sus traumas y fantasmas del pasado. ¿Logrará dar con el paradero de la niña y salir indemne?

La novela alterna la primera persona (el punto de vista de Miren) con la tercera persona del narrador que conoce todos los detalles pero que solo nos va dejando conocer pequeñas pinceladas. No sigue un orden lineal, sino que va alternando fechas, acontecimientos y personajes para mantener el suspense. (¡Cuidado no te pierdas!)

Como adaptación a esta novela, Netflix tiene una miniserie de seis episodios con bastantes cambios con respecto al libro: nombres de los protagonistas, personajes nuevos y ambientación (en la serie todo pasa en España y deja atrás el Nueva York de la obra). Para los amantes de la intriga, esta historia te hará replantearte los valores morales de la sociedad y querrás seguir leyendo hasta el final para ayudar a encontrar a la pequeña.

lunes, 24 de febrero de 2025

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez



Cuando supe que se iba a estrenar en Netflix una serie basada en la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, tuve claro que antes de verla tenía que releer el libro otra vez. El realismo mágico que nos llegó del sur de América, es el género que más me impacto cuando era adolescente y con el que empecé a tener claro que la lectura era la actividad más placentera, evasora y plena que podía realizar para sentirme bien. Cien años de soledad fue una obra que me acompañó en esos años tan difíciles en nuestra vida y que siguió haciéndolo en los años de universidad. 

La fiebre de leer la gran obra está siendo algo generalizado y en las bibliotecas está agotado, por lo que, esperando a tener acceso a un libro físico, decidí ponerme en la cola del préstamo de una versión auditiva, hace un par de meses que lo hice y hasta hace unos días no he podido disfrutar del préstamo. Ha sido una de esas decisiones que me han sido dadas por las circunstancias y con la que no puedo estar más feliz y satisfecha. La escucha en su dialecto te hace acercarte más a los personajes y escucharlos en persona. Ese momento del día en el que me pongo los cascos, cierro los ojos y escucho las aventuras y desventuras de los Buendía en Macondo, es un momento de máximo placer en mí. 

De la obra poco puedo decir que no se haya dicho ya. El dibujo tan preciso de sus personajes, las historias inverosímiles y a la vez realistas que te transportan al Macondo más profundo. La formar de transmitir lo que sus habitantes piensan y sienten que hace que los actos más brutos e irracionales te parezcan los más lógicos y que no podrían solucionarse de otra forma. Una obra universal que el ser humano tiene la inmensa suerte de tener a su alcance. 

De la serie poco puedo decir porque todavía no la he visto, pero espero que me haga sentir un 1 por ciento de lo que la novela te puede llegar a transmitir. 


Brígida Huete Sánchez Miguel 

Profesora de Lengua castellana y Literatura en el IES “Guadiana”, Villarrubia de los Ojos. 

La Tierra Media en dos visiones: La pluma de Tolkien y la lente de Peter Jackson


Hay historias que trascienden el tiempo. No son solo relatos, sino ecos de algo más profundo, algo que resuena en lo más hondo de nuestra alma. El Señor de los Anillos es una de esas historias. No es solo una novela, ni simplemente una trilogía de películas: es una puerta entreabierta a un mundo que parece más real que el nuestro, un susurro de antiguas leyendas que ha viajado a través de generaciones.

La obra de J.R.R. Tolkien, forjada con la precisión de un filólogo y la pasión de un narrador ancestral, nos regala un universo donde la luz y la sombra bailan en un equilibrio eterno. Medio siglo después, Peter Jackson intentó capturar esa esencia en celuloide, creando su propia visión de la Tierra Media. Pero, ¿se puede encerrar la inmensidad de un mito en la estrecha franja de una pantalla?

Como bien podría decir mi compañero Julián Maestre: "Algunas historias no se leen ni se ven, se habitan. Y Tolkien no escribió un libro: esculpió un mundo en la memoria del tiempo.”

Leer El Señor de los Anillos es como recorrer un sendero entre bosques milenarios. Cada paso está impregnado de historia, cada rincón susurra antiguas canciones. Tolkien nos invita a caminar a su lado, a detenernos para escuchar el murmullo de los sauces, a sentir el peso del tiempo en las piedras de Gondor.

Jackson, en cambio, nos sumerge en una cabalgata desbocada. La épica se impone sobre la contemplación, la urgencia domina la narración. No es un defecto, sino la exigencia del medio: el cine necesita movimiento, tensión, dinamismo. Y, aun así, Jackson logra lo impensable: convertir la riqueza narrativa de Tolkien en un espectáculo visual sin perder la esencia de la historia.

El Frodo de Tolkien es un hobbit atrapado en la inevitabilidad de su misión. Su heroísmo es silencioso, su lucha es interna, y el Anillo lo consume lentamente con gestos casi imperceptibles.

En la pantalla, Elijah Wood nos muestra un Frodo más frágil, más vulnerable. Su sufrimiento es visible desde el principio, su carga es palpable. Jackson no lo cambia, lo amplifica, llevándolo al extremo para que cada espectador pueda sentir su dolor.

Aragorn, en la novela, nunca duda de su linaje. Es un rey aún sin corona, pero con la certeza de su destino. Su grandeza está en la humildad, en servir antes que gobernar.

Pero Jackson nos muestra a un Aragorn distinto: un hombre que huye de su destino, que teme convertirse en lo que está destinado a ser. Su evolución lo vuelve más humano, más cercano, más moderno. Un héroe que lucha no solo contra el enemigo, sino contra sí mismo.

Si hay un personaje que viaja sin cambios entre el papel y la pantalla, es Gollum. Es la tragedia encarnada, un ser desgarrado por su obsesión y su dualidad interna.

Aquí, la trilogía de Jackson brilla con una intensidad única. Gracias a la tecnología y a la inigualable actuación de Andy Serkis, Gollum cobra vida con una expresividad que traspasa la pantalla, convirtiéndose en una de las adaptaciones más fieles de la saga.

Tolkien narra las batallas como un cronista de la historia. La guerra es vasta, pero los detalles más pequeños —una mirada de lealtad, un sacrificio silencioso— son los que realmente importan.

Jackson, en cambio, nos sumerge en el fragor del combate. Sus batallas son monumentales, casi coreográficas. La Batalla del Abismo de Helm es una sinfonía de caos y heroísmo; la carga de los Rohirrim en los Campos del Pelennor es un grito de gloria y desesperación.

Tolkien nos deja un final agridulce. La victoria no devuelve la inocencia perdida. La Comarca ha cambiado, los héroes han cambiado, y Frodo, marcado para siempre, ya no puede encontrar paz en el mundo que salvó. La despedida en los Puertos Grises es un eco de nostalgia, un recordatorio de que todo viaje deja cicatrices.

Jackson, aunque fiel a la esencia, acentúa la emoción. La despedida se alarga, las lágrimas fluyen, la carga sentimental se multiplica. Es un final hermoso, aunque con un matiz más de película americana.

El Señor de los Anillos de Tolkien es un canto antiguo, una epopeya tejida con la voz de los bardos de antaño. La trilogía de Jackson es la misma historia contada con tambores de guerra y coros épicos, una hazaña cinematográfica sin precedentes.

No hay una respuesta única sobre cuál es mejor, porque ambas son piezas esenciales de un mismo legado. Y en ambos, la Tierra Media sigue viva.

Como bien diría yo mismo en otros tiempos:

“En el corazón de cada gran historia hay un eco que nos llama. Algunos lo escuchamos en las páginas de un libro. Otros, en la pantalla de un cine. Pero en ambos casos, el eco es el mismo: es el susurro de la eternidad.”

¿Y tú? ¿Prefieres la Tierra Media de la pluma o la de la cámara?

José Carlos Puertas de la Plaza

Nómada convertido, por un tiempo, en profesor sedentario.

jueves, 20 de febrero de 2025

Los prisionero de Colditz, de Ben Macintyre

 

 


Los almendros, como todo buen febrero, van floreciendo y apetece pasar ratos al aire libre. Un sencillo placer que no estaba al alcance de los numerosos oficiales aliados que fueron confinados entre los muros del castillo de Colditz durante la II Guerra Mundial. El castillo fue denominado, en el registro de prisiones alemanas, como “Oflag IVc”, y se reputaba como un lugar inexpugnable, del que era imposible evadirse. Además había que tener en cuenta su lejanía de la frontera suiza, por lo que las probabilidades de fuga se veían consiguientemente mermadas. Al menos en teoría.

El autor del libro es Ben Macintyre, periodista y autor de prestigio, muchos de cuyos trabajos se han adaptado como documentales para la BBC. Aunque en este libro ha abordado un tema mítico, que ya ha hecho correr ríos de tinta y ha conocido numerosas adaptaciones audiovisuales (incluso existe un juego de mesa del estilo del Monopoli), ofrece una visión rigurosa, apasionante pese a no salirse del terreno del ensayo y enriquecida con abundante material gráfico.

Colditz se puede considerar un triunfo de la inteligencia humana. Los prisioneros eran oficiales con, por lo general, un elevado nivel cultural, y pusieron a prueba su materia gris para ingeniar numerosas formas de fugarse de Colditz: confección de uniformes alemanes, excavación de túneles, acopio secreto de provisiones y otros bastimentos, falsificación de documentos... Incluso se llegó a fabricar un aeroplano de dos plazas. En la prisión eran tratados con humanidad, con arreglo a lo establecido por la Convención de Ginebra: recibían paquetes de socorro de la Cruz Roja, se les proporcionaban alimentos y prendas de abrigo, no eran obligados a trabajos forzados…

El libro tiene la cualidad de introducirnos en el día a día de los prisioneros. Aunque siempre han existido como referencia bibliográfica los relatos autobiográficos de uno de los prisioneros, el mayor británico Pat R. Reid (1910-1990), que llevan por títulos “La historia de Colditz” y “Últimos días en Colditz”, el trabajo de Ben Macintyre aventaja en claridad expositiva a aquellos, siempre desde mi humilde punto de vista. 

Colditz ha inspirado muchas adaptaciones cinematográficas. La primera de ellas data de 1955, y fue dirigida por Guy Hamilton (1922-2016), director que firmaría asimismo algunas cintas de la saga de James Bond en la década de 1970.

Particularmente, yo  recuerdo la serie de la BBC, que fue emitida a mediados de los 80 por RTVE con el título “La fuga de Colditz”. Tuvo un gran éxito entre todos los que la seguíamos, pese a que fue rodada en el bienio 1972-1974, comprendiendo dos temporadas. Con los años llegué a leerme las novelas de Pat R. Reid y adquirí el juego de mesa, por lo que se puede decir que soy un friki de la historia de Colditz, en tanto que prisión durante la II Guerra Mundial.

En definitiva, nos encontramos ante un libro que cautivará la imaginación de los que desconocen la historia y, a los que la conocemos, nos permitirá sentar una ambiciosa visión de conjunto.

Aquí tenéis el acceso al vídeo que vamos a ver en clase:


 

Julián Maestre (profesor de Física y Química en el IES Guadiana).

jueves, 6 de febrero de 2025

Mi querida Lucía, La Vecina Rubia. Libro cúpula.

 

Mi querida Lucía, La Vecina Rubia. Libro cúpula.


El mundo de la astrología es apasionante y tiene muchas aristas que merecen ser estudiadas y conocidas. Si es tu pasión y decides dedicarte a ello, tienes que graduarte en astrología. Si, además, quieres saber predecir el sino de cada persona, según su horóscopo y su fecha de nacimiento, debes especializarte en carta astral para poder trazar la carta natal de cada persona. Pero no simplemente consiste en saber el horóscopo de cada persona, sino que, además, hay que saber su ascendencia, hora de nacimiento, entorno en el que ha crecido, etc.

Lucía, protagonista de la novela, ha pasado muchos años de su vida formándose para poder ofrecer la información más fiable y certera a sus clientes. Se lo ha currado mucho para ser independiente y criar a su hija ella sola. Y lo ha conseguido. Ella y su hija viven en un modesto apartamento que les ofrece lo necesario para vivir con comodidad. Ella disfruta de su trabajo y de su entorno más cercano en una rutina tranquila y placentera.

Pero todo su mundo se altera cuando alguien se obsesiona con ella y empieza a hacerle cómplice de sus crímenes. Ante esta situación, Lucía se da cuenta de que no puede dar por hecho que otros la salvarán, que debe ser ella la que tome las riendas de su vida y luche por conservar lo que tanto esfuerzo le ha costado.

Brígida Huete

Profesora de Lengua castellana y Literatura