Cuando leí El
mundo en bicicleta, de Andoni
Rodelgo, tuve una sensación muy curiosa: era como si alguien
hubiera puesto por escrito muchos de los pensamientos que yo he tenido
pedaleando con mi bicicleta por Europa.
Porque hay libros que se leen… y hay libros que
se recorren.
En sus páginas no solo aparecen países lejanos,
carreteras infinitas o fronteras cruzadas. Aparece algo que quienes viajamos en
bici conocemos muy bien: el silencio de la mañana antes de empezar, el diálogo
constante con tus piernas (que a veces protestan), la emoción de llegar a un
lugar nuevo y la humildad de depender solo de lo que llevas encima.
Cuando crucé Europa a pedales aprendí que el
viaje no está en el destino, sino en el trayecto. En los pequeños pueblos donde
nadie te espera pero alguien te sonríe. En los mapas doblados mil veces. En los
días de viento en contra, que te enseñan más que los de bajada (aunque las
bajadas se agradecen, no vamos a mentir).
Este libro me ha recordado que la bicicleta no es
solo un medio de transporte. Es una forma de mirar el mundo. Te obliga a ir
despacio. A escuchar. A observar. A sentir cada kilómetro. Y, sobre todo, a
confiar.
Andoni da la vuelta al mundo. Yo crucé Europa.
Distancias diferentes, espíritu parecido: curiosidad, esfuerzo y esa mezcla de
locura y libertad que solo entiende quien ha cargado unas alforjas y ha dicho:
“vamos a ver qué pasa”.
Recomiendo este libro a quienes sueñan con
viajar, pero también a quienes todavía no saben que sueñan con ello. Porque a
veces una historia puede ser el empujón que falta para empezar.
Y quién sabe… igual después de leerlo miras tu
bicicleta con otros ojos.
La mía se llama Isabella. Y todavía tiene ganas
de más.

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